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Cuerpo, poema y tapiz triangulan entre si´ en una corriente ele´ctrica -a veces salvaje, a veces tenue- abriendo y cerrando canales, trampillas y fisuras que sirven de entrada al cuarto elemento de este recta´ngulo inestable que somos nosotros. El lector. Respiracio´n ajena que oscila tambie´n entre la asfixia y el oxi´geno. ¿Que´ me das?, digo. ¿Que´ me quitas? ¿Que´ te doy desde la oscuridad del otro, au´n ma´s opaca que tu amante pero aqui´? ¿Resbalo acaso? ¿Choco? ¿Libo? ¿Me humedezco? Un cuerpo lee lo que otro cuerpo ha escrito. Tal vez porque, como escribio´ Sigmund Freud en una carta, y citaba Lawrence Durrell al comienzo de Justine: «Todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas». Al menos, diri´a yo. Y lo mismo podri´amos decir de la lectoescritura de este Tapiz rojo con pa´jaros, que se hace de a cuatro ve´rtices (de a ocho ojos) al menos. Y au´n te deja verdi´n en las manos cuando lo has cerrado.

Del epílogo de Isabel Navarro


Ficha técnica